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domingo, 14 de diciembre de 2025

La generosidad del Gral. D. José de San Martín

 

El 5 de abril de 1818, las fuerzas independentistas del General San Martin, obtuvieron una difícil pero decisiva victoria en los llanos de Maipú, un triunfo que dio la independencia a Chile y aseguró la de Argentina.



Tras su derrota, el jefe del ejército realista, el general español Mariano Osorio, huyó hacia la costa, disfrazado de paisano, con la intención de embarcar hacia Lima, siendo perseguido por el ayudante de campo de San Martín, el irlandés John Thomond O'Brien.
Si bien no pudo capturar al general español, O'Brien regresó con una valija llena de documentos del jefe realista. Es aquí donde se registra una anécdota, que algunos historiadores consideran apócrifa
El 12 de abril de 1818, días después de la victoria en Maipú, el General San Martín, con solo O'Brien como testigo, quemó la correspondencia del general Osorio en la que habían muchas cartas de encumbrados patriotas chilenos que se declaraban, luego de la victoria realista en Cancha Rayada, leales al rey de España. San Martín las leyó una por una y luego las quemó. Después hizo jurar a O'Brien -único testigo de ese episodio- guardar secreto sobre lo que había hecho.
Dice el historiador y ex presidente argentino Bartolomé Mitre en su “Historia de San Martín y la Emancipación Sudamericana”: “Como se dijo antes, la cartera que contenía la correspondencia secreta del general Osorio, había sido tomada por O'Brien en la persecución de Maipú, quien la entregó cerrada. Allí estaban las pruebas escritas de la traición de muchos chilenos, que aterrados por el desastre de Cancha Rayada habían abierto comunicaciones con el enemigo triunfante, declarándose entusiastas realistas. Éste fue el único botín de la victoria que el generalísimo se reservó, y que a nadie comunicó”.
Un poco más adelante, Mitre agrega: “El taciturno vencedor sentóse al pie de un árbol solitario, y leyó una por una todas las cartas. En seguida pidió que hiciesen una fogata a sus pies, y quemó todos aquellos testimonios acusadores, que convertidos en cenizas se llevó el viento del generoso olvido. Al consumar este acto, hallábase sentado en una tosca silla de madera, que fue en tal ocasión el trono de la magnanimidad modesta del que, al trabajar por la libertad de un continente, perdonaba ante su conciencia a los que habían dudado de su genio”.
“John Thomond O'Brien, su ayudante irlandés, le preguntó por qué no usaba esas cartas en contra de los enemigos de la Patria, sin embargo le escuchó decir estas palabras: ¿Y es usted, mi leal O'Brien, quien espera que yo enlute a medio Chile para que después otro me execre como el mayor de los tiranos? ¡El miedo, O'Brien! El miedo y la bolsa han dictado esas cartas. Desaparecido él, todos esos hombres volverán a ser buenos patriotas.”

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